Cocinillas.

Mi abuelo también fue picador.

En los últimos años de su vida nos contó a los nietos el primer regalo que le hizo a mi abuela después de casados.
Mi abuelo se presentó a última hora de la tarde con una caja de cartón en sus manos. Abrió la puerta de casa y dándole un beso a mi abuela le dijo: .- Feliz cumpleaños, mujer –poniendo entre sus manos la caja-.
-¿Y esto? -le pregunto ella-.
-Tu regalo; mañana es tu cumpleaños.
Mi abuela abrió la caja con la ilusión de una niña. En cuanto vio el contenido su cara expreso sorpresa, desconcierto y seriedad (en este orden).
-¿Te gusta?
-Mucho – dijo mi abuela con no mucha alegría, pensando que era cierto: mi abuelo era buena persona, un poco canalla; práctico, muy práctico y menos romántico que un viaje en tren de Barcelona a Madrid (también en este orden). -¡Dos sartenes! Le había regalado por su cumpleaños ¡dos sartenes!-
– ¡Y mañana cocinaré para ti! -añadió mi abuelo como quién ofrece el indulto a un toro en las Ventas-.
-¿Tú, mi hombre? ¡Pero, si no sabes cocinar!
-Mañana comerás como no lo has hecho nunca. – Mi abuela no le dijo nada; él tenía razón: iba a comer como nunca; de eso estaba totalmente convencida.
………………
Mi abuela, sentada en la mesa preparada para tal ocasión en la sala del domicilio, vio abrirse la puerta de la cocina y por ella apareció mi abuelo con un delantal blanco y su castoreño de picador de toros a modo de gorro de cocinero.
-Cierra los ojos y prueba un bocado. Te va a encantar. -Dijo mi abuelo mientras ocultaba tras de sí el plato que había estado cocinando-. Mi abuela, sentada en la mesa preparada para tal ocasión
– ¡Qué es? – preguntó ella con ciertas dudas.
– Tú prueba, verás que manjar.
Mi abuela, con los ojos cerrados, se llevó a la boca el tenedor que él había puesto en su mano. Probó el bocado… abrió los ojos, y con delicadeza (mi abuela era muy prudente) cogió la servilleta y depositó en ella el manjar de mi abuelo.
-¿No te gusta mi tortilla de patatas?
– Las patatas están crudas.
– ¿Hay que freír las patatas? Espera, espera unos minutos. Dame otra oportunidad.
…………..
Mi abuela llevaba media hora esperando en la sala y no salía ni un solo ruido de la cocina; se empezó a preocupar. Se levantó con sigilo y entreabrió la puerta para observar su interior. Todo estaba lleno de humo. Mi abuelo, de espaldas, observaba algo que crepitaba en el fuego. Entró asustada y observó el interior de la sartén.
-Pero… ¡Dale la vuelta a la tortilla! ¡Se te está quemando!
– ¿Darle la vuelta? Ya decía yo que tardaba mucho en hacerse por arriba.
– Vamos, que nos quedamos sin comer hoy.
– ¡Otra oportunidad! ¡La última! – Suplicó mi abuelo-. Prepararé para ti tu plato favorito. Dime cual es y ya verás como recordarás este día toda tu vida.
-Está bien –concedió mi abuela, viendo a su hombre de rodillas ante ella- Si me preparas una buena ensaladilla rusa, quizá te dé un postre esta noche.
A mi abuelo se le pusieron los ojos como platos, se levantó, y dándole un beso a mi abuela, le dijo impaciente:
– Ensaladilla Rusa… Se hace con patatas y verduras cocidas mezcladas con mayonesa, ¿no?
– Sí, mi hombre.
– ¿Con ajo?
-No, mi hombre no. Piensa en el postre… Ah, pero una cosa: a mí me encanta hecha con huevos duros.
……………..
-Mujer, las patatas y las verduras están cocidas, pero lo de los huevos duros no sé como…
– Mi hombre, coge una cazuela llena de agua y ponla a calentar, cuando empiece a cocer mete los huevos dentro, reza Tres Padrenuestros y ya están listos. -le indicó mi abuela-. Después ya puedes mezclar la ensaladilla. ¿Quieres que lo haga yo?
– ¡Nooo! -exclamó mi abuelo- Tú quédate sentada ahí… El postre sabe mejor si ha estado un tiempo en reposo.- Y salió con una sonrisa en los labios-.
……………..
No un grito, un alarido inhumano fue lo que se escuchó en la cocina. Mi abuela salió corriendo y abrió la puerta. Lo que se encontró en ella quedó plasmado en una fotografía.
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo.
En la mesa, en sendos platos, se pueden ver las patatas y las verduras perfectamente troceadas. El castoreño aparece en un rincón, balanceándose. El fuego de la cocina está encendido, pero no hay nada en él. Una cazuela, con el agua burbujeando todavía se encuentra sobre una pequeña banqueta. Mi abuelo… mi abuelo, con el delantal tapándole la cara, está maniobra la bomba de agua que suministra el hogar, mientras intenta que el chorro de ésta caiga sobre sus partes pudendas.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo:
– Debido a las quemaduras de tercer grado en los cataplines estuve dos meses sin poder probar el postre.

– Solo llegué al primer : “Santificado sea tu nombre”.
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.

Sí, mi abuelo también fue picador.


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Fumador, católico, taurino, heterosexual y español. ¡¡¡ Toma Psoe!!!
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