La invasión.

Mi abuelo también fue picador.
En los últimos años de su vida nos contó a los nietos el día de la invasión militar de su pueblo.
– ¿Ves algo?- preguntó mi abuelo.
– Nada – contestó Olegario “El Flaco”, mientras agachaba su cabeza -.
En realidad no hacía falta aquel gesto defensivo, ya que a pesar de sus ciento cincuenta kilos de peso, su estatura, cercana al metro y medio por abajo, hacía que no fuera visible tras la trinchera.
-Sigue atento – le dijo mi abuelo-. Y al menor indicio da la voz de la alarma.
Apoyó su mano sobre el hombro de Olegario y este agradecido le guiño un ojo.
-Tranquilo picador. Estos no se me escapan.
Mi abuelo se desplazó a su izquierda buscando a su siguiente compañero. Sobre el montón de tierra que formaba el parapeto solo se apreciaba, a intervalos casi regulares, el “castoreño” con el que cubría su cabeza; la pica de puyar la llevaba en su mano derecha a ras de suelo.
Como no había amanecido todavía, más que verlo, sintió al segundo compañero, ya que se pegó un buen cabezazo con la silla de ruedas de Jacinto “El Duermesentao”. Jacinto era la sección acorazada. A las ruedas de su silla le habían incorporado unas cadenas viejas de bicicleta, por si el terreno requería un mayor agarre en la tracción. Asimismo, habían soldado en la parte delantera una tapa de alcantarilla, a modo de blindaje, y acoplado a ella tres cohetes que les sobraron de las últimas fiestas patronales como defensa antiaérea.
Mi abuelo se despidió de “El Duermesentao” con un: ¡Animo, no pasarán, y siguió recorriendo el frente.
El perro comenzó a ladrar causando un gran revuelo en la trinchera.
– Joder, Pedrito, ¿No lo podías haber dejado en casa? -preguntó mi abuelo enfadado, mientras “El Sortudo” daba una orden que hizo callar a su perro lazarillo- .No, si solo falta que te hayas traído los cupones.
– Aquí los tengo -le susurro el ciego-. Nunca se sabe; puede que el enemigo también quiera tentar a la suerte.
-Mira, lo de los cupones pase; pero, ostias, lo del perro.
-Pues, ya has visto como te ha descubierto.
– ¡Coño! ¡Si es que le he pisado el rabo! Bueno, que no ladre más y estate ojo avizor.
-Con las dos orejas, picador.
El siguiente tenía que estar a pocos metros, pero mi abuelo no lo vio por ningún lado y siguió adelante preocupado. Dos sombras más oscuras, hablando entre cuchicheos, aparecieron de repente.
-¿Quien anda ahí? -preguntó mi abuelo, mientras dirigía la puya hacia delante-.
– Calla, que estoy terminando-. La voz de Froilán “El Comeostias”, párroco del pueblo, tranquilizó a mi abuelo no sin dejarle con la duda de qué era lo que allí se estaba realizando.
– Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.
– Amén. – respondió Luis “El Pitxote”.
– ¡La madre que me parió! ¿Pero vosotros os creéis que ahora es momento de confesiones? ¡Joder, que tropa! Volved inmediatamente a vuestros puestos que estarán a punto de llegar. ¡Como perdamos la colina no volváis a dirigirme la palabra en vuestra vida!
Solo quedaba por comprobar el estado de Ramón “El Susordenes”, cabo de la Guardia Civil. A este lo encontró observando el campo de batalla, camuflado con unas ramas que tapaban su cabeza mientras que con su mano derecha elevaba a medio metro de él un palo del cual colgaba su tricornio.
-Dios, parece que aquí hay uno que sabe de que va esto.- pensó mi abuelo-. ¿Todo en orden, Ramón?
-Sin novedad en el frente.
-¿Estás seguro que atacarán hoy?
– Sí, amigo, sí. Los indicios eran claros: el avión que sobrevoló el pueblo, lo que oyó Pedrito cuando vendía cupones en su pueblo… No hay duda alguna. Ellos creen que esta tierra es suya y no dejaran que nos la quedemos, así sin más.
-Pero, ¿si somos un pueblo milenario? Esta tierra ha sido nuestra desde que Adán se aburría por el jardín. No, no lo conseguirán, aunque tengamos que pedir ayuda a las altas instancias.

El amanecer llegó y la oscuridad dio paso a una penumbra en la que el terreno fue tomando forma. Mi abuelo y su cuadrilla se encontraban tras una trinchera de tierra de aproximadamente treinta metros que habían construido en cuatro días a base de pico y pala. Estaba orientada al este de un pequeña colina -el objetivo de la disputa-, ya que previsores ellos, habían imaginado que el enemigo atacaría con la salida del sol y dejarían que este diera directamente sobre los ojos de los defensores. Habían preparado todo metódicamente, y en cuanto hizo su aparición el astro rey, todos a una se colocaron unas gafas oscuras -todos menos Pedrito, el ciego, que las llevaba incorporadas de serie; el lazarillo llevaba puesta una visera con propaganda de papel “El elefante”-.
Mi abuelo, listo como nadie y canalla como ninguno, fue el primero en darse cuenta de que el momento había llegado. El silencio, el silencio fue lo que delató al enemigo. Recorrió la trinchera de lado a lado, con su castoreño en la cabeza, su mejor traje de picador y su puya más afilada, poniendo en alerta a sus compañeros.
-Preparaos –les decía-. Si hay que morir se muere.
El primero apareció por la derecha; andaba agachado de arbusto en arbusto. El segundo por la izquierda. Asomó su cabeza tras un árbol y la volvió a esconder. Mi abuelo ordenó a Jacinto que retrasara su posición por si acaso era necesario utilizar la silla acorazada. Pasaron unos minutos y no se veían más enemigos.
Todo sucedió de repente. El que estaba tras el árbol silbó y con su mano hizo el gesto de avanzar. Aparecieron cinco más echando a correr hacia la trinchera y gritando desaforadamente.
“El Comeostias” salió hacia ellos con el crucifijo en alto y en voz alta les decía: ¡Vade retro Satanás! Mi abuelo le gritaba: ¡Joder, Froilán, que son enemigos, no vampiros!
Pedrito corría azuzando al perro lazarillo mientras daba sablazos a diestro y siniestro con el bastón. -¡Mierda, Pedrito, que vas en dirección contraria! -le corregía mi abuelo-.
“El Flaco” intentaba escalar la trinchera, pero debido a su altura y su peso apenas llegaba a poner las manos en su parte superior. -Ostias, Olegario. Rodealáaa, rodéala.
“Pitxote” se dirigió hacia el enemigo con el bote que llevaba siempre a la altura de la bragueta y su cantinela de siempre: ¡Mirad, mirad, una anguila! -Este es más tonto que él mismo, pensó mi abuelo-.
“El Susordenes” sacó la reglamentaria y apuntaba al primero que se acercaba. -No te pase, Ramón, le gritaba mi abuelo-. Que nos buscas la ruina.- Está descargada- le contestaba este mientras reía a carcajadas.
Mi abuelo les daba varazos con la puya, pero de plano y en la espalda.
A pesar de todos sus esfuerzos uno de ellos consiguió romper las defensas y se dirigió a lo alto de la colina. Le faltaban tres metros para conseguir su objetivo cuando uno de los cohetes del tanque de “El Duermesentao” le explotó en la entrepierna. Se retiró aullando de dolor y a partir de entonces le llamaron “ El Viagra”.
Este hecho hizo que el enemigo, asustado ante la posibilidad de correr la misma suerte, se batiera en retirada. Mi abuelo y su cuadrilla estallaron de alegría ante la gran victoria obtenida.
Una fotografía muestra la celebración de la batalla:
Aparecen sobre la colina mi abuelo y su cuadrilla. Casi no caben los siete en la cima. Entre todos sujetan la puya en la cual ondea una bandera española.
Detrás, con la difícil caligrafía de mi abuelo:
La colina del bocadillo de chorizo era nuestra… y sus setas también
Al ser su primer nieto me dejó la foto como recuerdo
Guardo esa fotografía con mucho cariño, y siempre que escucho a Víctor Manuel me acuerdo de ella.
Sí, mi abuelo también fue picador.


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